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FLORES DE DÍA Y  FLORES DE NOCHE

LA SUSTANCIA EN LA PALABRA

         El niño duerme pero yo sé
que algún día despertará
y que leerá un poema hermoso
y ese niño se hechizará con
las palabras,
y en sus labios se adivinará
una sonrisa inteligente y amable,
y sus manos podrán llenárseles
de vocales y de consonantes, de
signos. Y ese niño que no
está saturado de imágenes  ni de
barbarie, ni de ruidos peligrosos,
ese niño, sereno, silencioso,
podrá  al fin engancharse al saber
para enriquecerse con la dádiva
escondida en las palabras...

  Es un hechicero, dirán los pensadores,
es un mago,
pero no, es un creador
de poemas,
que ha puesto su voluntad
al servicio de su Hacedor,

porque el poeta no puede
concebir el mundo sin música,
sin belleza y sin  amor,
por eso es y a ello se debe,

y sus versos son como rosas,
a veces perfumadas, otras con espinas,
unos dulces, otros amargos,

siempre preguntando o siempre preguntándose,
imaginando,
un mundo distinto  o mejor,
o algo menos caótico
y por supuesto,  más armónico,
y sobre todo,  que se parezca
al que habita en el corazón,
al que embriaga los sentidos,
con su ritmo encantador.

 

LOS BESOS

De sí mismo renace,
océano “fuente de todo”, sin preguntarte,
sin esperar respuesta alguna;
agua fina de mayo calando hasta la médula,
fuego incombustible, sacudiendo el alma,
brisa helada entre los chopos, dominando
a su antojo;

por eso, sustraerse obedece al sin sentido,
es, convertirse en fugitivo
del propio ser en tierras de nadie,
por eso, negar su existencia
cuando se reconoce su esencia
equivale a encadenarse al desprecio
infringido, al irresistible impulso
del cuerpo y del espíritu
que al unísono, claman.

De sí mismo, cuando se instala,
y no recibe la reciprocidad deseada,
el alma vencida, dolorida, entristecida,
se adelanta,
se esponja y se dilata
pero no conoce de sí mismo
el engaño porque es llama encendida,
incombustible en la zarza,
abrigo poblado de miles de secretos,
arrecife de corales en un mar inmenso,
entelequia de opuestos.

De sí mismo, con la esperanza,
vuela y resplandece al que en su seno
lo acoge,
y lo amansa, lo vivifica,
lo enriquece, lo eleva,
y lo conduce,
donde el agua del manantial,
donde el pensamiento solo
nunca pudo llegar
y donde lo más hondo del pozo,
donde converge lo celeste,
y el saber se ofrece, dadivoso.